Juan Manuel de Rosas

18 de julio de 2009
Le otorgaron la tutoría y la convirtió en su amante.
Fue padre de los seis hijos del silencio. Cuando confesó su amor ya era tarde.





Difícilmente había podido imaginar don Juan Manuel las consecuencias que para su vida toda acarrearía la derrota de Caseros.

Febrero de 1852 marcó el comienzo de la pérdida de todos sus poderes, y fue tan devastador para él que tuvo fortuna y mando desde que abrió los ojos a la vida.

Huido de la batalla, mientras firmaba su renuncia apresuradamente en la que hoy es Plaza Garay, perdía su autoridad política. De inmediato le fueron confiscados todos sus bienes, lo cual lo redujo a llevar una vida austera, en su granja de la campiña inglesa. Su tiranía sobre Manuela acabó apenas pisaron el suelo del destierro, ella entregó su corazón a máximo Terrero y puso casa en Londres. Sus prerrogativas de amo y señor sobre Eugenia Castro, cuando esta se le plantó con un “no”, cayeron demoliendo su influencia absoluta sobre los semejantes.

Eugenia Castro salió a la luz pública en 1886, cuando sus hijos iniciaron querella por la herencia de Rosas. Su destino se define, cuando a los trece años, allá por 1835, llega a la casa del gobernador, en calidad de entenada, impulsada por las veleidades de su padre el coronel Juan Gregorio Castro, que al dejarla huérfana coloca allí su tutoría.

Su vida transcurrió como la de una sirvienta con ciertas ventajas; fue enfermera de Encarnación Ezcurra en sus últimos tiempos, hasta que don Juan Manuel se prendó de sus vivaces ojos negros, de su físico sensual, la hizo su amante y la llenó de hijos bastardos.

Estos amores habían comenzado hacia 1839/1840, luego de producida la muerte de la esposa. Según le contara Nicanora, una de las hijas, al periodista Pineda, Eugenia Castro cayó en brazos del viudo forzada en su voluntad. Y es de imaginar que muy pocas chances pudo tener esta mujer- que luego, probablemente, lo amó- de rechazar sus pretensiones viviendo en la misma casa.

Según algunos datos, la joven ya había conocido el amor con un sobrino de la familia que reconoció a la primera de las hijas: Mercedes Costa. Luego comenzó a dar a luz a los hijos de Rosas: la primera Ángela en 1840, y luego Emilio, Joaquín, Nicanora, Justina y Adrían.

Antes del traslado definitivo de la familia al Caserón de Palermo, cuando los embarazos avanzaban a Eugenia se la escondía allí. Más tarde a medida que los hijos se sumaban, los allegados fueron conociendo y aceptando la situación. Juan Manuel no podía permitirse hacer pública esta distracción para su viudez; sin embargo parte de ello se había filtrado y los opositores desde Uruguay, criticaban que obligase a su hija Manuela a vivir bajo el mismo techo que su querida.

La realidad es que ambas mujeres no se molestaban, incluso tuvieron buen trato.

Los “hermanitos” despertaban la ternura de Manuela, que en ese entonces ya pintaba para solterona; y no sólo mantuvo correspondencia con ellos hasta después de la muerte de Eugenia, sino que se comenta que cierta vez conminó al padre que de volver a casarse lo hiciera con Eugenia.

Cada una tenía su tarea: Manuela la embajadora; Eugenia ciertas funciones de ama de casa, cuidando los achaques del gobernador, afeitándolo, cebándole mates, preparándole sus cigarros, sentándose a su mesa, paseando juntos en coche con su prole.

A pesar de tener cierto reinado sobre la vida doméstica de Palermo, se la conoció como “la cautiva”, a raíz de la situación de reclusión en la que vivía.

No se le conocieron al restaurador muchas mujeres durante su función pública, aunque todas las que lo rodearon tuvieron peso decisivo sobre él. Y si las hubo, mantuvo absoluta discreción. Apenas si se sabe del enamoramiento que sintió por Juanita Sosa, la amiga de su hija, o de los amoríos con Marcelina Alen
[1], la madre de Hipólito Yrigoyen, que alimentaron la teoría de que el caudillo radical era hijo del restaurador de las leyes.

Si todas las mujeres que lo rodearon tuvieron tanta influencia, se debía a que eran descollantes. Encarnación consolidó la posición política del marido manejando desde la retaguardia, con voluntad de acero, los hilos del poder. Manuelita con su gracia y perspicacia, fue la mejor “ministra de relaciones exteriores”, su confidente y mano derecha. Pero, pese a ser ambas “Rosas” y, poseer estas condiciones, ninguna de ellas había conocido otra voluntad que la del rubio brigadier. “La cautiva”, en cambio, que nada había sido, ni nada había tenido, decidió por sí misma en medio del huracán y deja a Rosas con agua entre las manos.

Veamos como fue esto. Producida la derrota de Caseros, Juan Manuel y su familia se refugiaron en un barco inglés: Eugenia no se contó entre ellos. No volvieron a verse, pero ella, embarazada, tiene tiempo de prepararle el equipaje y, él para dejar en manos de Terrero los asuntos de la herencia que a ella le correspondía por su padre: una casita en el barrio de la Concepción, algo de dinero, y 21.000 pesos que van de regalo.

La vida en Inglaterra no fue fácil. Manuela, rápidamente, se casó con Terrero. Juan Manuel comenzó a escribirle a su antigua amante, la reclamaba junto a Angelita y Emilio que eran sus preferidos. El amor de madre hacia los otros hijos, los que no habían sido llamados, pone las cartas en manos de Eugenia, que elije el destino: para sí la miseria, para el brigadier la soledad.

En la correspondencia posterior, Rosas le reprochó amargamente su ingratitud, e incluso, le propone que de obtener dinero la mandaría a buscar junto a todos los vástagos. Era tarde, Eugenia instalada en su casita trabajó como lavandera, como sirvienta, como enfermera, se juntó a otro hombre y perdió la salud al poner en el mundo otros dos hijos.

Crió a sus “bastardos” en la mayor privación, de modo tal que salvo Nicanora de quien se decía que poseía modales naturales de “señora”, todos eran analfabetos y rústicos. Por ironía del destino, Adrián (pocero en Lomas de Zamora) y Joaquín (peón de campo la provincia de Buenos Aires), eran la estampa del padre.

En 1876 ella murió tan silenciosamente como había vivido. Un año más tarde, Juan Manuel, oceáno por medio, apagó también su existencia.

Pero, ¿Qué había pasado con la vida amorosa del ex gobernador en los 25 años que duró su destierro? Se había disipado, según el testimonio de su propio hijo, corría tras las mujeres de mal vivir, en compañía de dos amigotes de mala laya. Encontró incluso algún consuelo en Mary Ann Mills, su criada.

Sin embargo las mujeres de su vida había desaparecido, muertas o lejanas, eran fantasmas que poblaban ese remedo de pampa que improvisó sobre la campiña de Southampton.



[1] Leandro N Alem cambió la ortografía del apellido, para diferenciarse de su antepasado Alen, mazorquero de terrorífica fama.



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© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Versión para Internet, del artículo original publicado en enero de 1994

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