El manco Paz

Qué pasó en la vida amorosa de este hombre sin fortuna política,
sin efusión y sin simpatía; que por su duro carácter fue la figura
menos romántica de nuestra historia



Este soldado que los historiadores proclaman el más grande teórico de la guerra en el país, no comenzó adolescente la carrera de armas, pero, en cambio, tuvo una cultura general de la que carecieron quizás todos [1]

Era un católico ortodoxo con inamovibles principios morales que le acarrearon la antipatía de sus colegas.

Su natural sensibilidad fue dominada por su férrea voluntad. Sin embargo había un espacio en el que su ternura desbordaba: el de su familia. José María Paz amó entrañablemente a su madre, doña Tiburcia Haedo, mujer valerosa que recorrió todos los caminos para aliviar la prisión de su hijo.

Comenzó su carrera militar al unirse a los ejércitos revolucionarios en 1810, contaba entonces veinte años. Luchó en el Alto Perú, en el norte junto a Belgrano, en la guerra contra Brasil, en la defensa de Montevideo.

En 1831 se unió a las filas unitarias.

Venció a Facundo Quiroga en La Tablada y Oncativo, y fue nombrado Jefe Supremo Militar. El Pacto Federal lo enfrenta nada menos que con Juan Manuel de Rozas y Estanislao López.

El 10 de mayo de 1831, “cuando anochecía”, cayó prisionero por casualidad. Una partida de López le bolea el caballo en los Álvarez, a dos leguas de Santa Rosa [2]

Su prisión duró ocho años, cuatro en Santa fe, y el resto en Luján, muchas veces pensó a lo largo de ese tiempo que había llegado la hora de su muerte, atravesó momentos angustiantes, pero paradójicamente, en esa época le llegó el amor.

Cuenta en sus memorias que a tres años de ser apresado y confinado en la Aduana de Santa fe, siendo día de Pentecostés, 6 de abril de 1834, llegó al lugar su abnegada madre acompañada de Margarita Weild, sobrina de José María, pues era hija de su hermana Rosario y el cirujano escocés Andrés Weild. Doña Tiburcia, había impulsado desde tiempo atrás el casamiento de su nieta con su hijo. Así pasó, luego de un tiempo de tratarse en las visitas a la cárcel, pidieron las distancias obispales y el 31 de marzo de 1835, se casaron en la prisión de Santa fe.

Margarita tenía en ese momento veintiún años, él cuarenta y cuatro. La joven señora de Paz, convivió con su marido en cautiverio, y fue en la cárcel que nacieron los dos primeros hijos. El mayor, un varón al que llamaron José; y más tarde, ya en Luján, una niñita, Catalina, que murió al poco tiempo.

En 1839 Rozas decretó su traslado, debiendo permanecer con la ciudad de Buenos Aires como cárcel. Vivió entonces en la calle San Martín, llamada en ese tiempo calle de la Catedral. En la noche del 3 de abril de 1840, José María Paz huyó, embarcándose con otros perseguidos por los fondos de una barraca que daba al río, a la altura de la calle Balcarce.

Su Margarita se quedó en Buenos Aires sin consuelo, y aterrada, hasta que comenzaron a llegarle cartas de su marido, llenas de amor e ingeniosamente firmadas con seudónimo: “Ciriaco Durán para su querida amiga Agustina Valdez”.

“¿Te acuerdas que día es hoy? Yo lo tengo bien presente y al escribir estos renglones se dilata mi corazón pensando que hoy hace seis años que se unieron nuestros destinos…”
“Tu llanto penetra mi corazón, no te separas un momento de mi memoria…” [3]

Pasa el tiempo entre cortos encuentros y largas separaciones producto de las guerras.
Terminada la campaña de Corrientes, debe marchar al destierro, pasa diez meses en paraguay. Llega a Brasil donde por fin la familia se reúne.

En Río de Janeiro se establecen con una pequeña granja, venden huevos, gallinas, leche y comestibles. La ansiada calma se une a una pobreza paupérrima. Y luego el dolor apenas soportable, cuando en junio de 1848, Margarita muere al dar a luz a su hijo Rafael. La sobrevivió sesis años.



Lejos de la patria, cercado por la pobreza, se apagaron las horas de ese triste amor, nacido catorce años antes, en la prisión de Santa Fe.


Tumba en la que reposan los restos de José María y de Margarita, en Córdoba, Argentina

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[1] Juan. B. Terán. Obras completas. Tomo XI, Pág. 29.

[2] Partes de López y Reinafé, en La gaceta Mercantil, 21 de mayo de 1834. De esta versión se desprende que Paz no fue hecho prisionero en “El Tío”.
[3] Paz, José María. Memorias Póstumas, tomo XI, Pág. 215-219







© Peña de Historia del Sur. Ana di Cesare, Gerónimo Rombolá, Beatriz Clavenna

Versión para Internet del artículo publicado en agosto de1993

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